jueves, 10 de octubre de 2013

Prólogo de Isabel González para la 2ª edición de "Fuera de temario"

Ya queda muy poco para que salga de imprenta la 2ª edición de Fuera de temario, de Manu Espada. No son pocas las personas que nos han preguntando qué les va a ofrecer esta nueva edición para que la compren si ya leyeron la primera. Entre otras cosas, este magnífico prólogo de la escritora Isabel González, a la que, desde Talentura, queremos agradecer su contribución y cariño. Hay más novedades pero, para saberlas, no os quedará otra que tener en vuestras manos la 2ª edición de Fuera de temario.




La metamorfosis: del deseo a la pesadilla, prólogo de Isabel González

El azar, que a veces es azaroso y a veces no, hizo que Fuera de temario cayera en mis manos mientras yo andaba liada con las Metamorfosis de Ovidio. Un hecho aislado. Una coincidencia. Un libro de cuentos que me dispuse a leer con todo el cariño que se prodiga a ese amigo que nos arrebató seis mil euros en algún que otro concurso. Pelillos a la mar. Mientras Ovidio seguía contándome las aventuras de dioses, héroes y ninfas, Manuel me relataba las desventuras de gente normal y más. Más que normal. Mucho más, me di cuenta conforme avanzaba en su lectura. Lo que Manuel estaba haciendo era dramatizar los arquetipos oníricos de la actualidad, al tiempo que Fuera de temario se transformaba en el Partenón de los personajes tradicionales de la cuentística: el mendigo, el músico, el relojero, el jardinero, el pintor. Y ahí empezaron las coincidencias. Ahí es donde el azar dejó de comportarse azarosamente, pues si las historias mitológicas de Ovidio se adentraban en los deseos primigenios del corazón, los cuentos de Manuel también se apuntalaban en los anhelos radicales de sus personajes. Deseos tan identificables y humanos que no dejaban de provocarme inquietud y ternura. Inquietud porque inquieta la perspectiva de ver cumplido un deseo, y ternura porque, al fin y al cabo, los protagonistas somos nosotros y nadie nos despierta mayor ternura ni indulgencia que nosotros mismos.

            Pero esto no es todo. Aunque puedan sorprendernos movimientos del alma similares con dos mil años de diferencia, las obras de Ovidio y Espada todavía comparten una semejanza mayor: las metamorfosis. Las metamorfosis, las mutaciones, la suplantación, los disfraces. En la obra del poeta romano titulada precisamente así, Metamorfosis, los protagonistas se transforman en toros y laureles. En Fuera de temario lo que los personajes quieren es cambiar, viven acuciados por el deseo de ser otro o de convertir al otro en otra cosa. Pero ojo, decir «cosa» no significa decir algo inanimado. Si aquellos personajes míticos se transformaban en animales o en elementos naturales, la gente de Fuera de temario suele devenir en algo más prosaico, amenazante y hasta gracioso: un cura, un miembro de la RAE, un Raymond Carver, una butaca. Difícil que alguien quiera convertirse en butaca, ¿verdad? No para la imaginación de Manuel Espada. No tanto si tenemos en cuenta los dos grandes motores que en Fuera de temario ponen en marcha estos cambios: la ambición y el amor. Ocasionalmente, la frustración y la envidia.

La ambición y el amor. No se me ocurren dos razones más divinas. Una nueva coincidencia. Los surrealistas llamarían azar objetivo a esta feliz casualidad de que yo anduviera con un libro en una mano y el otro en la otra. Los deterministas lo llamarían determinación. Yo, por mi parte, lo llamo menuda suerte. Porque esta lectura simultánea me ha permitido ser testigo del encuentro de dos obras a través de los siglos. Dos obras que llegan a abrazarse en el relato de Fuera de temario titulado «Globalización». En este cuento, Antonio Ruiz, un oficinista con aspiraciones, no sucumbe al mirar su reflejo en las aguas de una fuente sino al teclear su nombre en un buscador internet.

Pobre Antonio Ruiz. Navegaba en un océano mucho más cenagoso que el de Narciso e infinitamente más turbio que el de la escritura de Manuel Espada que es un remanso. Una prosa nítida y fluida llena de guiños al lector. Algo destacable en una colección de relatos de corte netamente fantástico donde la frontera entre la mente y el mundo físico desaparece. Cualquier cosa pensada puede hacerse real. Fantasía en estado puro que además, discurre con absoluta naturalidad. Sin alaridos ni monstruos ni fantasmas, lo mismo que si nos detallara una receta, entre trocear el pimiento y pochar la cebolla, Manuel nos introduce en un bucle temporal, en un invernadero terrorífico o nos corta un dedo para componer un hechizo.

En Fuera de temario, el inconsciente golpea las puertas del consciente y su autor no se conforma con abrírselas sino que enciende todas las luces del pasillo y lo invita a entrar. De esta forma, el lector se pasea por lo oscuro a plena luz del día. ¿Fantasía luminosa? No. No porque si bien Manuel es generoso con sus personajes y les concede sus deseos (la muchacha cinéfila se queda en el cine, el relojero alcanza la inmortalidad, el escritor desconocido logra la fama), en un segundo movimiento, el autor se vuelve cruel, le da la vuelta a la historia y los castiga. Así, mientras en primera instancia, el anhelo se cumple y el relato discurre como el feliz sueño de un niño, después, el deseo satisfecho se vuelve contra los personajes como en las peores pesadillas de un adulto. La metamorfosis del deseo en pesadilla. El angustioso amanecer de ese chaval que se duerme niño, se despierta adulto y en su cartera del cole lleva un temario nada ortodoxo, un Fuera de temario, un libro dividido en las clásicas asignaturas (biología, física, lengua, matemáticas) donde cada historia trasciende la materia, pero no la traiciona. Bien al contrario, Manuel usa con pericia la jerga didáctica para crear las atmósferas adecuadas. En este sentido, destaca su capacidad para imbricar elementos tan dispares como por ejemplo, obesidad, poesía y triángulos. Con este libro aprendemos. ¿Saben ustedes cómo se camufla un bicho palo, conocen la composición química del cuerpo humano, podrían explicar qué es una clepsidra? Yo sí porque me lo he leído.

Las clepsidras son… No, no voy a decirlo. Voy a contenerme. Lo que no voy a callarme es que en el Concierto número tres en fa mayor de Vivaldi, «El otoño», los campesinos celebran la recolección de la cosecha con danzas. Lo que no voy a callarme es la maravillosa descripción de una melodía de violín que se hace en la asignatura de Música, en el relato «Sonata de invernadero»: Dos músicas muy diferentes, pero que sin embargo parecían hermanas secretas iban a la zaga, se perseguían de cerca. Una composición en que los arpegios de una seguían las sombras de la otra, como si un tema oculto y terrible escondiese un secreto y su hermano lo arrojara prestissimo a la luz del fuego. Como Jekill y Hyde, igual que esas hermosas plantas carnívoras que atraen a los insectos y los acaban devorando. Magnífico. Manuel se deja llevar, su precisión emociona, y por eso, este cuento donde las plantas florecen en partituras es uno de mis preferidos. Atención también al final de esta historia. Memorable. Se nota que Manuel toca o tocó el piano. Se nota que es o fue atleta. Y que trabaja de guionista. Y que es un padrazo. Toda su versatilidad humana se traduce en compasión y empatía con el género humano. Algo muy apreciable en la asignatura de Matemáticas donde el protagonista de un amor trigonométrico, un chaval entrado en carnes, es descrito como un niño que nunca juega a la pelota. Se ve reflejado en el balón. Le dan golpes. Lo patean. Este mismo niño cree que Dios lo ha trazado con un compás para convertirlo en una esfera, la más perfecta de las formas de la Tierra.

Y hablar de Dios, de dioses, de creadores no es casual en Fuera de temario. Sus historias —de nuevo como en las Metamorfosis— están llenas de diosecitos. De esos diosecitos humanos llamados artistas, creadores, creativos. Seis de los trece cuentos de esta segunda edición tienen relación directa con la creación. Pintores, músicos, escritores y guionistas que no tienen suficiente con modelar la materia, el lenguaje o el sonido. Ellos desean la metamorfosis total y absoluta. Y Manuel Espada se la concede. Y nosotros tenemos que conformarnos con leerlo.



Isabel González creció en los años setenta en un pueblo de Zaragoza. Trabaja como infografista en el periódico El Mundo e imparte clases en la Escuela de Escritores. La editorial Página de Espuma ha reunido sus cuentos en Casi tan salvaje. El resto de sus historias puede encontrarse en Mar de pirañas (ed. Menoscuarto), Por favor sea breve 2 (ed. Páginas de Espuma), Relatos en cadena (ed. Alfaguara), Parafilias ilustradas (ed. Traspiés), La carne despierta (Gens ediciones), De antología: la logia del microrrelato (ed. Talentura) y en la revista Turia. También forma parte del colectivo de escritoras (Las microlocas) con quienes ha publicado La aldea de F. (ed. Punto de Partida, Universidad Autónoma de México).

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